Hemos crecido en una cultura que sexualiza los cuerpos desde edades muy tempranas, especialmente los cuerpos de las mujeres. Esta sexualización no ha sido neutra, sino que ha estado acompañada de estándares específicos que funcionan como parámetros de evaluación constante.
Durante años, el ideal del 90–60–90 se instaló como una medida “correcta” del cuerpo femenino. Un estándar que nunca operó como exigencia para los hombres, pero que sí se volvió una referencia cultural para definir qué cuerpos eran aceptables y cuáles no. La consecuencia de eso fue clara porque cuando el cuerpo es evaluado de forma permanente, se aprende a mirarlo como algo que nunca es suficiente.
Con el tiempo, la forma de esta exigencia cambió. Antes era explícitamente estética y sexualizada, hoy en muchos casos, se presenta bajo el lenguaje del bienestar, el autocuidado y la vida saludable. Ya no se habla únicamente de peso o medidas corporales, sino de hábitos, disciplina y constancia. Se valoran los cuerpos funcionales, activos y productivos.
Este cambio de narrativa no elimina la presión, sino que la transforma. El cuerpo vuelve a convertirse en un espacio de ajuste, pero ahora bajo una lógica positiva y socialmente validada. El ejercicio diario, una alimentación equilibrada y las rutinas de autocuidado son prácticas valiosas en sí mismas, pero el problema surge cuando estas prácticas se convierten en obligaciones y en la única forma legítima de sentirse bien con uno mismo.
Esta lógica tiene un impacto directo en la salud mental, porque es posible cumplir con todos los indicadores médicos y aun así experimentar insatisfacción corporal. No porque el cuerpo esté enfermo, sino porque siempre aparece la idea de que hay algo que mejorar, optimizar o corregir. El bienestar deja de ser una experiencia y pasa a ser una meta inalcanzable.
Las redes sociales refuerzan constantemente esta dinámica. A través de contenidos que prometen “la mejor versión” para el próximo año o que enumeran los errores cotidianos en los hábitos personales. Se comienza a instalar un diálogo que desplaza el estándar una y otra vez. La sensación resultante es la de no llegar nunca y de no hacer nunca lo suficiente por una misma.
Tener un cuerpo tonificado o disfrutar de una rutina de bienestar no es, en sí mismo, problemático. La dificultad aparece cuando ese modelo se convierte en el único criterio de validación personal y en la única vía para aceptar el propio cuerpo. En ese punto, el cuerpo deja de ser un espacio que se habita y se transforma en un proyecto permanente de corrección.
Pensar el autocuidado desde otro lugar no implica abandonar el cuidado del cuerpo, sino revisar desde dónde se formula la pregunta. Más que preguntarse cómo debería verse el cuerpo o qué más debería hacerse, tal vez sea necesario preguntarse qué necesita ese cuerpo para sentirse sostenido. No desde la exigencia, sino desde una relación más habitable y menos evaluativa con él.